Alejandro Mario Fonseca
Yo vivía en Tlatelolco, era un joven que recién había cumplido los 16 años, estudiaba en la Preparatoria No 9 de la Universidad Nacional Autónoma de México. En mi memoria quedó gravado ese año como el más intenso de mi vida.
Fue un año terrible pero también lleno de aprendizaje. Muchos jóvenes y viejos conocimos el miedo (incluso el terror), pero también el valor; el descuido (o la insensatez), pero también la prudencia.
Y así podría seguir hablando de las virtudes humanas y de sus contrapartes. Y es que la virtud es lo que nos define, es nuestra forma de ser y de actuar humanamente: es nuestra capacidad de actuar bien.
Pero las virtudes son complejas, son una especie de cima, de cumbre entre dos precipicios o abismos, entre dos lacras o vicios. El ejemplo más claro es el de la valentía que se halla entre la cobardía y la temeridad.
¿Fuimos temerarios los jóvenes que nos involucramos en el Movimiento Estudiantil de aquellos años? ¿Acaso fuimos insensatos o para decirlo suavemente descuidados por habernos arriesgado a perder la vida inútilmente?
El día de hoy, más de medio siglo después del acontecimiento, vale la pena volver a hacer una reflexión sobre su importancia histórica. Porque el sacrificio sí valió la pena.
2 de octubre del 68
Este año se cumplen 57 años de la Matanza del 2 octubre en Tlatelolco. Una fecha que a todos los que la vivimos nos marcó para toda la vida. Y es por eso que resulta muy importante que las nuevas generaciones conozcan lo que realmente pasó.
Y por fortuna existe mucha literatura sobre el acontecimiento. Por ejemplo, es imperdonable no leer La Noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, texto sobre el que existen muchas ediciones, Amazon sacó a la venta una edición especial de aniversario.
También existen varias películas, obras de teatro y hasta poemas como La limpidez, que originalmente el poeta Octavio Paz publicó con el título de Intermitencias del oeste (3) (México: Olimpiada de 1968). Pero lo paradójico es que el fenómeno del 68 mexicano sigue sin conocerse cabalmente del todo. También por fortuna están apareciendo nuevas investigaciones.
El fantasma del comunismo
Una de ellas, es El 68, los estudiantes, el presidente y la CIA; Ediciones Proceso, 2018. Su autor es el investigador del Colegio de México, Sergio Aguayo. Se trata de la conclusión de una trilogía que inició con Los archivos de la violencia editada por Grijalbo en 1998; y De Tlatelolco a Ayotzinapa, de Editorial Ink en 2015.
A Aguayo le llevó nada menos que 25 años estudiar el fenómeno y encontró documentos que le permitieron compartirnos lo que realmente sucedió: el presidente Díaz Ordaz había sido reclutado como agente de la CIA (esa máquina de terror norteamericana), agencia que alimentaba la visión paranoica de la historia que tenía el presidente.
En aquel entonces, nos cuenta Aguayo, México carecía de servicios de inteligencia y dependía de lo que hacía la CIA, cuyo encargado era Winston Scott. Ambos, Díaz Ordaz y Scott eran los jefes de una ultraderecha que alucinó absurdamente el Movimiento Estudiantil como una conspiración comunista internacional.
La geopolítica nos condiciona
El día de hoy a muchos de los que participamos en aquel acontecimiento nos parece absurdo, pero esa fue la “razón”, la justificación. En suma, la legitimación para la matanza del 2 de octubre: erradicar la “amenaza comunista”.
Y Sergio Aguayo remata: El problema era que Winston Scott era un anticomunista y tan reaccionario como Gustavo Díaz Ordaz. Una de las grandes lecciones del 68 es: un país soberano no debe depender para su inteligencia de otros países, menos de una potencia.
Lo que los estudiantes del 68 enarbolábamos era un humilde pliego petitorio de 6 o 7 puntos que hasta ahora, gracias a la 4 T, se están cumpliendo y de manera sorprendentemente pacífica.
