Alejandro Mario Fonseca
Paradójicamente la mundialización (globalización) salvó a México de las locuras de Trump. El salinato engrano a importantes sectores de la economía mexicana a la norteamericana. Sectores como el automotriz, el de la electrónica y las nuevas tecnologías de la comunicación y otros, están totalmente integrados a las grandes corporaciones gringas.
Somos su principal socio comercial y además les seguimos proporcionando excelente mano de obra barata. Así que no hay que asustarse con lo que andan pregonando los agoreros de los ricachones corruptos, damnificados por la Cuarta Transformación.
Tampoco hay que caer en el garlito de que México está gobernado por narcos. No, la batalla se está dando. Lo que pasa es que la herencia es terrible. Además, los verdaderos narcos, los poderosos, los jefes de los de acá son los mismos gringos.
La sociedad gringa está en decadencia, viviendo una especie de cristianismo zombee. Son los principales consumidores del mundo de energía, de alimentos, de todo tipo de drogas, etcétera. Su consumismo desenfrenado los está llevando a la perdición.
Los gringos nos necesitan más de lo que nosotros a ellos así que una invasión norteamericana está descartada. Sin embargo, esto no obsta para que nos crucemos de brazos y nos hagamos de la vista gorda con el vértigo y el terror que ha desencadenado Trump en el mundo.
¿Qué hacer?
Sin embargo, el loco lo quiere todo, con nada se llena y en una de esas puede intentar en México operaciones quirúrgicas como la de Venezuela. No creo que suceda. ¿Por qué? Pues porque además de la interdependencia económica y comercial, tenemos una gran presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum, que está jugando muy bien sus cartas diplomáticas.
Estamos presenciando el desmoronamiento del proyecto de la Ilustración. Estados Unidos está arrastrando a Europa y al “mundo libre”, “democrático” hacia un nuevo fascismo, como última medida para conservar su hegemonía económica y militar; lo que se convertirá en un nuevo orden mundial multipolar, en el que China, Rusia, India y Brasil jugarán un papel estelar.
Mientras tanto, ya que la transición no será rápida, los humildes observadores como usted y como yo ¿qué hacemos? Pues muy sencillo: refugiarnos en nuestras tradiciones, pero también en la cultura y las artes.
La idea no es mía, Irene Vallejo en su maravilloso libro El infinito en un junco (2019) nos cuenta como, desde hace ya 25 siglos, cuando el afán imperialista de Alejandro Magno había desencadenado el vértigo y el terror de la “globalización”, convirtiendo a los ciudadanos de las distintas ciudades griegas en súbditos a la deriva, buscaron otros asideros, abrazaron credos orientales, rituales exóticos, filosofías salvadoras. Algunos se refugiaron en una religión recién creada: la religión de la cultura y el arte.
“Ante el eclipse de la vida ciudadana, ciertas personas decidieron dedicar sus energías a aprender; a educarse con la esperanza de permanecer libre e independientes en un mundo sometido; a desarrollar hasta el máximo posible todos sus talentos, a conseguir la mejor versión posible de sí mismos, a modelar su interior como una estatua; a hacer de su propia vida una obra de arte”.

