Alejandro Mario Fonseca
Los mexicanos, bueno no todos, principalmente los liberales herederos de la tradición juarista de la Guerra de Reforma, se habían empeñado en ver a los Estados Unidos como el modelo a seguir; y curiosamente eran los conservadores los que se oponían a esta idea, convertida en proyecto.
Paradójicamente ahora es al revés, son los conservadores de nuestros días los más empeñados en seguir el modelo de desarrollo norteamericano. Los neoliberales, desde Salinas hasta Peña (incluidos Fox y Calderón) lo demostraron con creces.
En México el neoliberalismo no ha sido otra cosa más que conservadurismo. Con la máscara de los “principios liberales” los “cachorros” priistas y panistas herederos del poder político de la Revolución Mexicana, no hicieron otra cosa más que impulsar políticas conservadoras.
Al igual que en la Colonia, México siguió siendo el país de la desigualdad, de la corrupción, de la inseguridad y de la injusticia. Y sí, el modelo a seguir, el american way of life, ha dado buenos resultados, pero sólo para unos cuántos.
Sin embargo, ahora con la Cuarta Transformación parece que este devenir histórico está cambiando. Y la clave está en una lectura más humilde del auténtico proyecto liberal para México, el de Don Benito Juárez, el de la Austeridad Republicana.
El consumismo desenfrenado de los gringos
La gringa es una sociedad en la cual el éxito en la vida está marcado por la acumulación de riquezas y por el derroche. Los gringos, así como
amasan grandes fortunas, así las despilfarran olímpicamente. Nuestros ricos también.
Los Estados Unidos “son todavía” el imperio económico y político que impone sus reglas al resto de los países del planeta, sobre todo a los más débiles, como México. Sin embargo, China, Rusia, la India y muy pronto también Brasil y algunos otros vamos hacer valer nuestras reglas.
¡Qué desgracia que nuestra clase política sólo había aprendido lo peor de sus homólogos norteamericanos! Es más, los nuestros se daban mayores lujos que los gringos. Compare (antes de AMLO) tan solo los salarios de nuestros magistrados, funcionarios, diputados y demás; por no hablar de sus prestaciones y canonjías.
Pero los Estados Unidos son ante todo una República Imperial; Alianza Editorial; 1974. El término lo acuñó el sociólogo y filósofo francés Raymond Aron.
Gracias a Octavio Paz pudimos conocer a Aron, aunque lamentablemente fue muy poco divulgado y menos comprendido. De hecho, El espejo indiscreto (el famoso ensayo de Paz) se basa en esta obra. Se trata de la paradoja de un país republicano y democrático hacia dentro pero imperialista hacia fuera.
La República Imperial en decadencia
Aron nos ofrece una rigurosa interpretación científica de lo que, luego del final de la Segunda Guerra Mundial, para la sociedad mundial continúa actualmente significando, el impacto de la política exterior de Estados Unidos bajo el mandato, más o menos, desafortunado de sus últimos presidentes.
Para Raymond Aron la primera acción mundial de Estados Unidos data de 1944 con la Conferencia de Bretton Woods, de la que salieron las instituciones financieras de la posguerra que le “permitirían controlar el mundo”: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Y considera que la República Imperial termina en 1972, al poner fin a la libre convertibilidad (el dólar en oro). Y añade que, si Estados Unidos quería continuar a la cabeza, tendría que controlar sus gastos.
En 1971 China ingresa a la ONU y el dólar se devalúa 8%. Estados Unidos pierde la guerra en Vietnam y 1972 es el primer año de la posguerra en el que se redistribuyó la esfera de influencias en el mundo industrial occidental.
Así, la primera economía transnacional del planeta iniciaba su carrera para convertirse en una nación, importante, pero no única en el mundo. Sin embargo, el consumismo desenfrenado no pudo frenarse: era su vicio, su esencia.
En 1988, George Bush es presidente, y Estados Unidos es el país más endeudado de la Tierra. Su déficit presupuestario, comercial, de cuenta corriente y de capitales revelaba que el imperio está en decadencia.
Su poder, su fuerza (apenas representaba ya el 25%. del PNB mundial), su inmensa capacidad de innovación, estaban sometidos ya a las leyes, limitativas, de la interdependencia.
En conclusión, la República Imperial comenzó a caer como consecuencia de la histeria geopolítica desatada en Vietnam (1964-1973) por Nixon-Kissinger. Luego, dos décadas más tarde, Reagan, Bush y, después George W. Bush alentados por “halcones” como Cheney, Rumsfeld y Rice, que respondían a intereses de empresarios de la petroquímica y del armamentismo, emprendieron una similar pero más activa acción histérica en el mundo.
La codicia y la ignorancia de la plutocracia descarada de Donald Trump parece ser el punto final de un imperio que ante su decadencia a optado por el vértigo y el terror.
