Alejandro Mario Fonseca
En la Europa cristiana, la monarquía merovingia fue la primera en ungir al rey en una ceremonia de coronación que fue diseñada para epitomizar el otorgamiento por parte de la Iglesia Católica de una sanción religiosa al derecho divino del monarca para gobernar.
Sin embargo, esto no simboliza subordinación alguna a la autoridad religiosa, por lo que no suele ser realizado en las monarquías católicas por el Papa sino normalmente reservado para el Obispo de una sede importante (a veces el lugar de la coronación) del país.
La unción de Agustín de Iturbide
Por ejemplo, el 21 de julio de 1822 tuvo lugar en la Catedral Metropolitana de la ciudad de México la coronación del emperador Agustín de Iturbide, en una ceremonia original por su novedad y por el carácter constitucional del monarca.
Insertada en la tradición hispánica por la historiografía reciente, la ceremonia rompía por sí misma con ella, pues el principal ceremonial de exaltación del monarca español había sido su entrada pública en la Corte, reproducida en América a través de la proclamación y paseo del Real Pendón.
Además, el ceremonial retomó ampliamente el utilizado por Napoleón Bonaparte en 1804, enlazándose así con la tradición francesa de la coronación de Reims, y copiando en particular los gestos que marcaban la distancia entre el emperador y el clero. En fin, los redactores del ceremonial dieron también una importante visibilidad al Congreso, representante de la soberanía nacional.
La unción de Iturbide fue toda una novedad, se trató de la “inauguración, consagración y coronación” de un monarca, lo que ya
era inédito, pero además de un “emperador constitucional”, lo que la hacía más problemática aún. (Cfr. A liturgy of change. The ritual of consecration and coronation of Agustín; David Carbajal López; Universidad de Guadalajara).
En la búsqueda de la legitimidad perdida
No voy a abundar en los detalles de la ceremonia de la unción de Iturbide, a todas luces una farsa ridícula. Si usted quiere profundizar, lea la tesis de Carbajal, está en la red.
Y ahí le paro con la historia y con la crítica de Iturbide, ya no me meto con Maximiliano, para que mis amigos panistas no me tachen de burlón y abusivo. No, de lo que se trata es de divertirnos un poco, no de enojarnos.
Pero pongámonos un poco más serios, ¿qué es la legitimidad? Porque la legitimidad es lo que siempre han estado buscando nuestros gobernantes desde Iturbide hasta la fecha, aunque la mayoría con muy poca suerte.
Ya lo he comentado, Max Weber clasifica los tipos de justificaciones internas o fundamentos de legitimidad de una dominación: la tradicional, la carismática y la legal.
En primer lugar, la legitimidad heredada, la del eterno ayer, de la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria tendencia de los hombres hacia su respeto. Se trata de la legitimidad tradicional como la que ejercían los patriarcas y los príncipes patrimoniales de antaño. Como la que buscaba Iturbide. Como la que añora nuestra clase política.
La legitimidad de AMLO
En segundo término, existe la autoridad de la gracia (carisma) personal y extraordinaria, la entrega puramente personal y la
confianza, igualmente personal, en la capacidad para las revelaciones, el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo posee.
Se trata de la autoridad carismática que detentaron los profetas, o en el terreno político, los jefes guerreros elegidos, los gobernadores plebiscitarios, los grandes demagogos o los jefes de los partidos políticos.
Este segundo tipo de legitimidad la tuvo AMLO, se la ganó a pulso. Muchos años “picando piedra”, no sé cuántas veces ha recorrió el país, pueblo por pueblo, además se dio tiempo para escribir nada menos que 16 libros; vaya, su “calvario” fue largo y productivo.
Por último, tenemos la legitimidad basada en la legalidad, en la creencia en la validez de preceptos legales y en la competencia objetiva fundada sobre normas racionalmente creadas, es decir, en la orientación hacia la obediencia a las obligaciones legalmente establecidas.
“El que suelte el tigre, que lo amarre”
Sin embargo, con Claudia Sheinbaum ya no se trata solamente de la legalidad de los votos, sino de la de una administración legal y responsable.
AMLO ya lo había sentenciado: “el que suelte el tigre, que lo amarre. Ya no voy a estar deteniendo a la gente luego de un fraude electoral”. Y al día siguiente de haber ganado abundó: “No vamos a confiscar bienes, no se van a llevar a cabo expropiaciones, nacionalizaciones, vamos a sacar adelante el país enfrentando el principal problema: la corrupción”.
Al ser interrogado sobre si México estaba maduro para aceptar los resultados de las elecciones, López Obrador respondió: “Yo tengo dos caminos, ya lo he expresado: Palacio Nacional o Palenque, Chiapas (donde estaba su rancho)”.
Así, la metáfora de “soltar al tigre” vendría a ser más que amenaza, una especie de invocación al castigo divino ante la reiterada soberbia de nuestra clase política que había llegado a niveles de corrupción e impunidad insospechados. Ahora con la administración legal, moderna, de la Dra. Sheinbaum el tigre anda suelto.


