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SACANDO AL DIABLO DE NUESTRAS INSTITUCIONES

Alejandro Mario Fonseca

Tal vez una de las frases con la que más se recuerda a Andrés Manuel López Obrador, cuando fue aspirante a la presidencia de la República durante 12 años, fue la de ¡Al diablo con las instituciones! Hoy en día la frase me suena muy poética.

Se utiliza el título de Poetas Malditos para designar a Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y otros, que llevaron a cabo una de las mayores revoluciones estilísticas conocidas hasta la fecha.

Según los expertos, su poesía, dotada de belleza y caracterizada por un aire gótico y altamente destructivo, se alejó del romanticismo imperante en la época y se desarrolló gracias a la creación de entornos evocadores y sugestivos.

Se trata de un estilo, extremadamente ajeno a la lógica y la razón, lo que les granjeó una mala fama y la incomprensión en vida que solo al pasar de los años se pudo depurar. Si a esto agregamos que algunos de ellos llevaron una vida desenfrenada, podemos entender eso de malditos.

Para mi gusto los poetas malditos se convirtieron en todo un paradigma (un modelo) de lo que vendría a ser, ya a fines del siglo XX la crítica de la modernidad. Y es que su poesía expresa claramente un rechazo a los valores convencionales del mundo burgués de fines del siglo XIX.

Son los años de los mayores éxitos de la Revolución Industrial. Europa y los Estados Unidos se levantaban como potencias mundiales que ya dominaban el mundo, industrializándolo, democratizándolo y secularizándolo.

Pero había una trampa, había hipocresía. En el fondo de la crítica de los poetas malditos está el rechazo a los falsos valores cristianos de los empresarios, los banqueros, los comerciantes y de los líderes políticos que conquistaban el mundo sin ninguna consideración ética: el proyecto de la Ilustración “había fracasado”.

En nuestros días está pasando algo muy parecido. Las críticas más lúcidas y radicales a los depredadores posmodernos provienen de los artistas, de los intelectuales de las letras y de las ciencias sociales; en suma de la gente más valiosa y sensible desde el punto de vista moral y ético.

Nada más hay que ver quiénes son los que día con día sostienen la batalla contra las fanfarronadas de Donald Trump, de Milei, la Meloni, de la derecha mexicana, venezolana y demás. Pues ni más ni menos que los “malditos”: los artistas, los intelectuales y los periodistas serios y comprometidos.

Toda esta reflexión me viene a la mente debido a la historia reciente de la escena política mexicana. Después del 2018 nuestra clase política de derecha, los damnificados de la 4 T, se han empeñado en defender a toda costa sus prebendas, sus canonjías, sus privilegios y demás: en defender su pacto con el diablo.

Faltando ocho meses para las elecciones de 2018 las instituciones encargadas de velar por la certeza de los comicios llegaban golpeadas a un proceso difícil, ante una oposición que se fortalecía y un partido oficial que había demostrado que usaría todos sus recursos para mantenerse en el poder.

¿Acaso Dios había abandonado a los “buenos”mexicanos? diría Baudelaire. De ninguna manera, lo que hemos estado viviendo desde entonces es una larga y difícil lucha para sacar al diablo de nuestras instituciones. Se está viendo muy complicado, pero no imposible.

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